La conquista del mundo: de la muerte a una nueva vida.

Fr Goyo

Érase una vez que era un buen católico. Nací en una increíble familia católica y estuve muy involucrado en la Iglesia. Incluso llegué a estar en el seminario menor cuando tenía 11 años. Pero en un momento determinado, todo desapareció.

¿Qué me ocurrió? ¿Por qué abandoné mi fe? No estoy seguro de cuándo ocurrió exactamente, pero cuando dejé el seminario, alguna parte de mí dejó también a Dios, poco a poco. Comenzó como un sentimiento de falta de libertad. Pensaba que estar con Dios no me permitía ser yo mismo, que no podía elegir. Creía que la Iglesia era la Iglesia del “NO”.

Entonces, me fui a Madrid, a estudiar para ser profesor de inglés. Quería viajar por el mundo y conocer gente -soy una persona muy extrovertida- y logré lo que quería, conocí cientos de personas. El mundo me estaba seduciendo, y mi experiencia de Dios parecía tan lejana… Era como una cosa de niños. Después de todo, solía ir a la iglesia porque, bueno, hacía feliz a mi madre. Realmente no puedo encontrar una respuesta mejor.

Si vuelvo la vista atrás sé que era muy feliz en los grupos juveniles, conociendo gente y haciendo feliz a mi madre. Pero, ¿y Dios? ¿Dónde estaba Dios? ¿Experimenté su misericordia, amor y perdón? Lo hice, simplemente no lo recordaba.

Y es que, vivir en otros países era algo increíble. El mundo se apoderó de mí. Viví en Francia, Gales e incluso estuve en Berkeley y Nueva York. Esa era la vida que siempre había querido. ¡Lo había conseguido! Me sentía libre, me sentía feliz. Pero entonces, ¿por qué estaba vacío?

Me mudé a Los Ángeles y descubrí la “felicidad” de tener un buen salario. Podía comprar cosas en una ciudad en la que nadie me conocía, en la que nadie me iba a preguntar si había ido a Misa el Domingo, o si rezaba, o si era bueno (Te echo de menos mamá. Sé que rezaste por mí todo ese tiempo).

Y así, poco a poco, mi fe, Dios, y todo lo que una vez consideré bueno y santo, se convirtió es un simple recuerdo del pasado. Había estado bien, pero ahora me había hecho mayor. Estaba en mis 20 y debía hacer lo que correspondía a la gente de mi edad: pasarlo bien, salir, quedar, ¿quizás drogas? Beber y más…

Me convertí en el chico divertido, ese que daba clase durante el día y salía de fiesta por las noches. El que olvidaba que era Navidad, Pascua o incluso Domingo. Llegó un punto en el que ni siquiera veía las iglesias. Oficialmente me había vuelto anti-religioso, anti-Dios. Y pensaba que era libre.

Durante diez años mi vida estuvo sin Dios. No me confesé ni una vez. Mentía a mi madre por teléfono, mentía a mis antiguos amigos católicos, me mentía a mí mismo y mentía a Dios. Lo peor de todo es que estaba perfectamente bien así. Pero mi madre continuó rezando por mí, eso hizo.

No creo que fuese una mala persona. Bebía mucho, quedaba incluso más y salía de fiesta constantemente, pero nunca pensé que fuera una mala persona. Simplemente vivía la vida como alguien que ha triunfado. Después de todo vivía en Los Ángeles, y todos mis amigos en España tenían celos de mí; pero olvidé lo que era la felicidad. Creía que la felicidad era vivir solo, no solamente físicamente, sino emocionalmente. Sin ataduras, sin recordatorios del amor de Dios, sin problemas para comprar lo que quería.

Y cuando pensaba que era la persona más feliz del mundo, algo ocurrió. Me encontraba en una relación sentimental de larga duración que se terminó, y me sentí solo.

Naturalmente tuve que mitigar mi dolor con alcohol, así que salí de fiesta hasta que el sol me encontró en mi peor estado. Volví a casa pensando que un nuevo día sería la mejor de las medicinas y me quedé dormido en medio de mi miseria, mi soledad y dolor. Cuando me desperté, mi vida cambió.

Abrí mis ojos y la televisión estaba encendida, y lo que vi a continuación me hizo una persona nueva. Despertó en mí el tiempo en el que realmente era libre. Libre de mi propia pena y mi propia autodestrucción. Estas palabras me hicieron recordar que Dios nunca me abandonó: “¡NO TENGAS MIEDO!”.

En la televisión estaban dando el funeral de mi nuevo héroe: Juan Pablo II. Sus famosas palabras fueron lo primero que vi cuando abrí mis ojos de la muerte a una nueva vida. En tan solo una décima de segundo vi los últimos 10 años  de mi vida. ¡No podía creerlo! ¿Cómo había llegado ahí? Y entonces lloré.

Lloré como un bebé que necesita a su madre. Lloré porque me sentí perdido y vacío en frente de Dios, y lloré porque pensé que Dios no podría amar a ese “yo”. Entonces, recordé cómo me enseñó a rezar mi madre, y recé: “Padre nuestro…” No pude continuar, y lloré nuevamente.

Continué llorando durante los siguientes 9 meses, pero cuando más lloré fue cuando cogí el teléfono y le conté a mi madre la persona en la que me había convertido. Estuvo callada durante al menos un minuto, y entonces dijo: “Voy a enseñarte cómo amar a Dios otra vez”.

Mi deseo de Dios era ahora tan profundo, que todo parecía nuevo para mí. Veía a la gente de un modo diferente, pero lo mejor de todo era que me veía a mí de un modo diferente. Mi primera confesión en 10 años fue como para hacer un libro. ¡Aquel pobre sacerdote!

Pero era alguien nuevo, y me sentía enamorado de Dios otra vez. Su perdón era real, su amor nunca cambió, y todo lo que necesitaba entonces era decirle cuánto lo quería. Dediqué horas a la oración, llorando, riendo y simplemente estando ahí. Sentí su misericordia y su justicia tan clara, que mis miedos se convirtieron en alegría. Era un nuevo “yo” en Él.

Pero Dios quería más de mí. Un dia, cuando estaba en Misa, escuchando al sacerdote predicar, pensé:
-“Quiero hacer eso. Quiero contar al mundo su amor, misericordia y perdón.”
-“Entonces, ¿por qué no lo haces?- Él susurró.
-“¿Quién, yo? ¿Estás loco Dios? (Sí, le dije eso…) “¿Cómo puedo ser un sacerdote? ¿Has olvidado las cosas que hice? ¿lo malo que he sido?”
-“¿Recuerdas cuando viniste a la confesión aquel día? Desde entonces lo olvidé. Así que, NO TENGAS MIEDO porque yo estoy contigo siempre”.
Y entonces, lloré nuevamente. (Lo sé, soy un llorón).

Él se convirtió entonces en mi suave tornado. Mi llamada a ser sacerdote era como una tormenta silenciosa. Dije si y no 30 veces en un día. Continué curiosamente preguntando a sacerdotes. “Buscando un amigo” solía decir. Aún estaba asustado. Aún no podía creer que Dios me hubiese perdonado ya. “No tengas miedo” dijo.

Y un día, rezando como solía hacer, mientras le miraba y Él me miraba a mí, dije mi tímido y reacio sí y mi vida cambió nuevamente.

Así que si eres un padre que sufre por su hijo. Si eres alguien que está perdido y viviendo una “vida sin Dios”. Y estás necesitado del perdón de Dios, te digo desde mi experiencia y mi vida: ¡NO TENGAS MIEDO! Él te está buscando para amarte hasta el final.

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El Padre Gregorio Hidalgo, más conocido como Padre Goyo, nació en la Villa de Don Fadrique (Toledo). Exploró el mundo siendo profesor en distintos países durante varios años.  Fue ordenado en junio de 2016 en la Archidiócesis de Los Ángeles (California) a la edad de 43 años. Actualmente ejerce su ministerio en la Iglesia de Santa Rosa de Lima en Simi Valley. Se encuentra presente en las redes sociales Facebook (FrGoyo Hidalgo), Twitter (@FrGoyo) e Instagram (@frgoyo) donde es muy activo pastoralmente. 

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